Imagínate la situación.

Las dos de la tarde de un día de estos de primavera que te cae una simpática lluvia de repente, llegando a mi restaurante favorito para comer.

En una mano el paraguas, en la otra el móvil, la bolsa del portátil colgada del hombro y para colmo una bolsa con un pack de tinta para la impresora de casa.

Llego a la bonita y pesada puerta blanca del restaurante y… ¿cómo abro? Al final, entre escorzos, apoyos y algo de contorsionismo consigo entrar.

Una vez sentado en mi mesa, viene el dueño y como hay confianza le digo: “Ya podías invertir un poco y poner una puerta de esas automáticas, que me las he visto y deseado para poder entrar”, a lo que me contesta “¿Para qué? Si mis clientes van a seguir viniendo igual”.

Os aseguro que ese día, la comida no me sedujo tanto. Mientras comía, me vino a la mente una frase que había escuchado hacía pocos días “Piensa siempre en tus clientes, porque si tu no lo haces, ellos lo harán por ti y dejarán de ser tus clientes”.

Mira que estaba bueno el estofado, pero se me atragantó con la frase.

No he vuelto. Si él no piensa en mí ¿Por qué tengo yo que ser su cliente?

Es casualidad que ese día de lluvia me diera cuenta de lo difícil que era abrir la bonita y pesada puerta blanca del restaurante, pero me sirvió también para pensar que hay personas que diariamente tienen dificultades para abrir esa puerta y muchas otras.

Si tú no te adelantas a las posibles necesidades de tu cliente, ¿Por qué él va a pensar en ti como su proveedor?

Por cierto, en Aramática vendemos puertas automáticas, por si quieres pensar en tus clientes.

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